Un último suspiro por el idealismo

La primera vez que vi un modelo escultórico de la artista Carolina Rodríguez fue hace cinco años. Mucho tiempo atrás, pero cada una de estas seis piezas que conforman la serie Morir de Amor, requerían de una construcción detallada, perfecta. No sólo para tener un resultado apto para exponer, también, porque el afán de “lo perfecto” es esencial para acercarse a estas cajas de música.

Este trabajo nace a partir de la serie Buscando a Anna en la cual Carolina exploró el mundo de niñas preadolescentes que enfrentan el miedo de convertirse en mujeres, anticipando con tensión, las responsabilidades y presiones externas con las que se afrontarán, como los cánones estéticos, que, aunque siempre han existido, parecen ser más difíciles de alcanzar.

La respuesta de algunas niñas a este advenimiento es la anorexia, no sólo como técnica para detener el desarrollo, también para satisfacer un tipo de belleza impuesta por la sociedad. Muchas forman comunidades en Internet usando palabras claves para encontrarse cada vez que les clausuran sus páginas como “Anna” o “Muñecas de porcelana”. Pero la comida es lo de menos. Durante su exploración, que se acercaba al espionaje, Carolina encontró que estas temerosas niñas se refugian en un universo idealista, que se contradice con la realidad de la que no quieren participar. Su mundo no existe, pero está tan vivo en sus mentes que sacrificarían sus vidas por él.

Ellas gravitan en el romanticismo y en lo que significa tener un espíritu romántico: añoranza por el pasado, estados espirituales elevados, interés por los momentos de duerme – vela, por el alma después de la muerte, y la muerte en sí misma.

Por ello no es gratuito que Carolina nos muestre otra faceta distinta a la de sus dibujos, para decidir hacer estas cajas de música donde cada figura es una reinterpretación de las mujeres pintadas por Jean August Ingres, uno de los pintores más importantes de este periodo. Situó las porcelanas con melodías que nos remiten nostalgia y las hizo extremadamente delgadas como metáfora de aquél sacrificio que realizan en torno a alcanzar una idea, llámese un amor –imaginario– que esperan; el sueño de no convertirse en adultas,  ser princesas siempre.

Su melancólico y lánguido estado emocional, es un reflejo de su aspecto físico. Ellas mismas se creen muñecas de porcelana, de allí el uso de este material para este trabajo; la debilidad que transmiten es casi religiosa, porque para ellas vale la pena. El sacrificio es para encontrar un estado superior.

Me recuerdan a los éxtasis de alguna de las tantas Sor, que, por estar cerca de Dios pasaban días sin comer, y en imágenes las vemos exhalando un último vaho de aliento humano para acercarse a lo sagrado. O al joven Werther del que escribió Johan Wolfgang Goethe (que como Ingres, fue uno de los abanderados en la construcción de las teorías románticas), su trágico desenlace en sacrificio por ver a su amada feliz, muriendo como estas muñecas de porcelanas, de amor.



 

María Lucía Hernández Guido

Bogotá, octubre de 2012

CAROLINA RODRÍGUEZ

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