Oh Señor!

“Y así ocurre que aunque los caminos de los niños se entrecruzan con los de los mayores en cien lugares cada día, no van nunca en la misma dirección, ni siquiera descansan en los mismos fundamentos”.

Robert Louis Stevenson "De vírgenes y niños" 

Un renombrado autor cuenta que de joven era un muy ávido lector. Una tarde buscaba algún libro interesante en una biblioteca móvil que una vez por semana se ubicaba frente a su escuela. Por más de 20 minutos el repitió la acción de ojear algunas páginas de cada libro y volver a colocarlo en su sitio en la sección "Jóvenes lectores". La bibliotecaria que lo observaba notó algo de su frustración y le pregunto: "¿Qué tipo de libro estas buscando?" Al joven le sorprendió la pregunta y pensó por un rato antes de responder, dice él que casi por accidente: "Alguna historia sobre cómo son los niños realmente". Entonces, la bibliotecaria se dirigió a la sección "Ficción para adultos", escogió un libro y se lo entregó diciéndole: "Intenta con este... Si alguien te pregunta, di que tu lo encontraste, o si no yo podría meterme en problemas." El libro era "El señor de las moscas" de William Golding y el joven, que aún después de 50 años recuerda ese momento, es Stephen King.    

Esa anécdota de un joven curioso buscando respuestas fundamentales sobre el mundo que le ha tocado vivir sirve para introducir una de las novelas más admirables jamás escritas: "El señor de la moscas", la misma que para Carolina Rodríguez funciona como punto de partida de la serie de dibujos "¡Oh Señor!".  Los eventos de la novela son una metáfora muy acertada de la pérdida de la inocencia infantil, ciertamente, los chicos en la novela de Golding justifican la creencia de Sigmund Freud de que ningún niño es inocente. La pregunta del oficial de marina en la página final: ¿Qué habéis estado haciendo? ¿Librando una batalla o algo por el estilo? permite concluir que esos chicos en la isla no solo han vuelto a un mundo primitivo, sino que además han degenerado hacia los rasgos más bajos la moralidad adulta, donde por ejemplo, la guerra es la respuesta inmediata para resolver las diferencias.  

 

Con temor a ser malentendido, se puede decir apresuradamente que es acaso esa necesidad de mirar a los infantes como esa especie de “adultos que no han crecido lo suficiente todavía”, el móvil que podría resumir sencillamente la intención de los dibujos de Carolina Rodríguez. Con un compromiso que es más que envidiable, ella viene desde ya un largo tiempo haciendo dibujos de niños y jóvenes. Sus dibujos además de distintivos tienen una característica particular, ellos capturan mucho más de lo que inicialmente parecen y si uno mira bien puede concluir que lo logran sin intentarlo. 

 Cuando se representa alguien con un dibujo se piensa en que ese alguien ha sido inmortalizado, no hay que olvidar que también se ha aplanado. Aunque la experiencia de ser aplanado se escapa a nuestro entendimiento, uno podría evocar esa sensación. Evidentemente, como muchos más, los dibujos de Carolina son planos, aun así el espectador está invitado a que encuentre esos elementos que los resisten a evadir las dos dimensiones. Contrario al dibujo de niños, -con los que sus dibujos pueden ser comparados, los niños están tratando de representar algo salvajemente, quieren pero no pueden-, los dibujos de Carolina sí llegan a sugerir que las caras, los rasgos, las miradas, están impregnadas de algo extrañamente nuevo y altamente individual como venido de quién sabe dónde.

Quien después de apreciar la singularidad de estos dibujos y aun así no esté convencido que la capacidad de realizar un excelente dibujo es un don único que muy pocos artistas han logrado dominar, deberían valorar que un muy buen dibujo consiste en el trazo perfecto en el lugar perfecto.

Ramiro Camelo.

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