Un dibujo no son todos los dibujos

1. Sobre la velocidad y la inmediatez

 

La economía global hiperconectada se mueve a la velocidad de la luz. O mejor, a la velocidad de los datos. El mundo del arte no se queda atrás. Ferias, bienales, exposiciones y más ferias, motivan la movilidad de personas y obras como nunca se había visto antes. Esa velocidad, provocada en buena medida por el mercado, no sólo se traduce en el número de viajes. Se refleja también en las formas de consumo. Máxima velocidad, Rápido y furioso, Need for Speed. Títulos de películas hechas en Hollywood que parecen servir de metáfora para los tiempos que corren. La experiencia con la obra, el goce estético, ha sido reemplazado por un zapping permanente y sin pantallas que ocurre en los distintos eventos y espacios de circulación artísticos. ¿Qué tan peligrosa puede ser esa adicción por la velocidad para las prácticas artísticas? La inmediatez que caracteriza nuestros tiempos afecta profundamente la forma en que socialmente se percibe el trabajo del artista, el cual puede terminar confundido con el de publicistas y diseñadores.

 

Aunque el modelo de las vanguardias artísticas se ha cuestionado hasta sus bases, el mercado sigue demandando la novedad. Y el sensacionalismo. El amarillismo y el cambio permanente (manifestado como una sobre oferta de obras banales) son necesidades de este mercado. Evidencia de lo anterior es el mayor consumo de noticias sobre las excentricidades de coleccionistas recién avenidos, o los nuevos formatos de negocios en artes visuales, que lecturas críticas sobre las obras y los proyectos artísticos. El mundo de la farándula mediática ha permeado el de las artes visuales. ¿Es posible un “más allá” o un “por fuera” del mercado? Vivir del arte es importante para los artistas y deseable para el bienestar de los ecosistemas creativos. Pero el mercado no puede ser el que dicte, arbitre o imponga las reglas de valor (no del precio). De otra forma, una suerte de meta-arte contemporáneo cuyo propósito principal es conformar al mercado para sus propios objetivos comerciales será la especie dominante. Como lo proponen Michael Findlay o Christian Viveros-Fauné, el Comercialismo se erigirá así como la última de las vanguardias, si es que no lo es ya.

 

El arte plantea la oportunidad de la interferencia –en términos de la lentitud– como oposición a la velocidad y los ritmos contemporáneos: observar; contemplar; pensar; detenerse; disminuir la velocidad al menos. Los artistas tienen el privilegio y la capacidad de mirar con atención, de ver y señalar lo que es invisible para los demás como dijo el artista Adolfo Bernal. Y así, proponer formas (sensibles) potentes, profundas y novedosas de comprender el mundo. La lentitud es pues tan necesaria para la creación como para la recepción. De otra forma no es posible que las obras hagan esa interpelación silenciosa (o ruidosa) del ser; de instalar esa pregunta abierta al pecho humano como propuso el filósofo Hans-Georg Gadamer; ni que se active en los individuos ese estado de recepción dinámica que se parece más a una conversación intensa y rica. Interpelación y diálogo que favorecen la apertura de nuevas ventanas y puertas que amplían nuestra perspectiva del mundo. Es por eso que el arte exige tiempo.

 

2. Sobre los dibujos

 

En Un dibujo no son todos los dibujos, Carolina Rodríguez presenta 50 dibujos en lápices de colores y una intervención de espacio específico. El conjunto de piezas se constituye en una invitación a pasar fijándose, a apreciar detenidamente, a dejarse fascinar por las obras y a contemplar sus detalles. Por eso la caja. Y el hueco. Gracias al dispositivo concebido por la artista, las obras muestran y al mismo tiempo ocultan parcialmente su contenido. La invitación a observar es más intensa que si estuvieran descubiertas, entre otras cosas porque lo que se ve a primera vista es un par de ojos. Gracias a ese objeto secundario que cubre buena parte de la obra, se genera un retraso y una distracción en la relación con la imagen como diría Roland Barthes. Paradójicamente, esta nueva capa eleva el deseo de descubrir, en un sentido real y figurado. ¿Qué hay detrás? ¿A quiénes pertenecen esas miradas que a veces nos confrontan y otras veces nos esquivan? Misterio y voyerismo, sugestión y metáfora, tensiones que activan una relación casi erótica con las obras.

 

En el acto de descubrir cada pieza se generan relaciones singulares con las formas y lo que representan. Cada dibujo es único. Y en cada dibujo se representa a un individuo. No hay manera de reducir su multiplicidad a un molde, aunque atienden a una misma técnica y contenido. Los trazos que emplea Rodríguez son burdos, toscos, como los de un infante. Pero su fuerza y energía está perfectamente canalizada, contenida. Son golpes y rayones de lápices de color, hechos como si se agarrara el instrumento con el puño cerrado o con la mano no dominante. Esas líneas aplicadas con crudeza, que saben con precisión y virtuosismo en qué cantidad y en qué lugar del plano tienen que acontecer, permiten que emerjan con delicadeza y conocimiento las figuras.

 

Niñas y niños vestidos como adultos; disfrazados de ejecutivas, hombres de negocios, rockeras, vaqueras, navegantes, pasteleros, mujeres de clase alta, parejas, y toda la parefernalia de oficios y profesiones que nos puedan evocar sus vestimentas. El “hábito” aquí no hace al monje. Esos trajes se sienten impostados. Y los personajes travestidos en cuanto que ocultan su verdadera apariencia de infantes. Lo que no tendría por qué ser señalado si no fuera porque no parecen haber sido ellos los responsables de sus atuendos. Es por eso que los niños y niñas que pueblan Un dibujo no son todos los dibujos hacen, entre otros, ese reclamo. Es como si preguntaran, con tono de decepción: ¿cuánto tiempo más quieres que pose para ti? ¿No me has visto suficientemente? ¿Qué más quieres? Estas preguntas –chocantes– sólo aparecen cuando se les dedica el suficiente tiempo a las obras.

 

Los retratos y obras sobre la infancia usualmente se relacionan con lo efímero que se quiere conservar; evocan tiempos perdidos o pasados. En el caso de Rodríguez, sus obras no remiten necesariamente a la memoria y sus trazas. En cambio, nos arrojan con violencia y ternura preguntas sobre cómo nos relacionamos con la niñez en la contemporaneidad. ¿Reconocemos a los niños y niñas como sujetos que pueden opinar, pensar y decidir, y cuyos intereses no necesariamente se alinean con los del mundo social y económico construido por los adultos? Lo anterior queda patéticamente en evidencia en una de las piezas en las que se ve un pequeño (o pequeña) ataviado con traje de color violeta y una gorra; su pelo crespo y castaño desborda los límites de la cachucha. Destaca sobre su chaqueta el dibujo de un monigote, el cual duplica el gesto del infante. Un dibujo dentro del dibujo. Un dibujo que parece hecho por un niño (o una niña), dentro del dibujo de un niño (o una niña). Un parche de infancia que se sobre impone a una prenda adulta. Signo potente de alerta, de exclamación, pues ese monacho reclama con fuerza y suavidad el lugar de los niños.


 

Conrado Uribe

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